martes, 27 de septiembre de 2011
Hablando de trasteos...


Hace un año fue mi grado de la universidad. Recuerdo que por esos días mi papá viajó desde Buga para acompañarme en la ceremonia y para ayudarme a empacar y despachar todas mis cosas, ya que una semana después tenía que estar instalada en Cali y lista para empezar a trabajar.


El día de su llegada lo primero que hice fue recibirle la maleta y desempacarla, tenía instrucciones precisas de mi madre de colgar el traje de mi papá en mi closet para que no fuera a arrugarse para el gran día (el traje, mi papá no tendría por qué arrugarse).


El segundo día empezamos a empacar mi trasteo. No fue mayor cosa porque mis pertenencias siempre han sido más bien pocas. Lo que más espacio ocupaba era el computador, nos costó trabajo conseguir una caja lo suficientemente grande para empacarlo, pero al final encontramos una tan grande que el monitor quedaba bailando adentro de ella. Rápidamente don MacGyver solucionó el problema pidiéndome que le trajera todos mis sacos para “cuñar” la pantalla y protegerla del viaje.


Los sacos se acabaron y seguía sobrando espacio en la caja, recurrí a los pantalones, pijamas y la bata de laboratorio que usé durante toda la carrera. Estaba vieja, rota y llena de manchas, pero no quería botarla porque me había acompañado durante tanto tiempo… apegos pendejos que tiene uno.


Finalmente terminamos de llenar la gigantesca caja junto a otras tres, las sellamos y las dejamos listas para despachar a Buga el día siguiente. Era momento de relajarnos y celebrar. Esa noche comimos con mis tíos y nos tomamos una botella de vino, pero no podíamos trasnochar, al día siguiente teníamos que estar en Corferias a las 10 am para la ceremonia de grado.


Por insistencia de mi tía, antes de irme a dormir alisté la ropa que iba a usar, incluidos zapatos y maquillaje. Se me ocurrió de paso revisar que el traje de mi papá estuviera completo y ¡oh sorpresa!, no lo estaba. En mi closet, ahora desocupado, no quedaba ni rastro de la camisa blanca de mi padre. Una segunda inspección reveló algo peor: la cochina bata de laboratorio seguía ahí, lo cual sólo podía significar que era la camisa blanca la que estaba hecha bolita en el fondo de la caja del computador.


Y fue así como terminamos desempacando la caja muy a las once de la noche de la víspera de mi grado, prendidos y cansados, para encontrar la camisa más elegante de mi papá toda arrugada, empolvada, pero eso sí: cumpliendo muy bien su función de cuñar mi monitor.


Él dijo que era culpa mía porque yo le pasé la camisa junto con mis sacos, yo dije que era su culpa porque la tuvo en la mano y no se dio cuenta que para ser una bata de 5 años estaba muy blanca y bien planchadita. Pero en el fondo ambos sabíamos la verdad: ¡esto sólo nos pasa a nosotros!


Una planchada express a la mañana siguiente y la chaqueta del traje fueron suficientes para disimular el percance.


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Y esto sólo le pasó a Maria() a las 4:10 p. m. | 6 Infelices comentarios