jueves, 30 de agosto de 2012
Senbazuru
O “efectos secundarios del origami”

Cuando, hace tres semanas, me propuse hacer mil grullas de papel no me imaginaba la cantidad de efectos colaterales que iban a tener en mí ni las reacciones de los que me rodean.

En primer lugar está la pregunta infaltable: ¿por qué/para qué mil grullas? Bueno, hace mucho tiempo había leído sobre la creencia japonesa que dice que a quien doble mil grullas se le concede un deseo o, según otras versiones, toda una vida de buena suerte. A pesar de que no creo en ese tipo de supersticiones (en ningún tipo, de hecho) me pareció una leyenda muy bonita, además siempre me ha gustado el origami y la grulla es una de las figuras más sencillas de hacer. 

Así que un día cualquiera hice mi primera grulla, después la segunda y otras cuantas, luego descubrí me gustaban más las que hacía con papeles pequeños y que me aburría hacerlas todas del mismo color. Una compañera de trabajo me regaló un catálogo de Yanbal y mi novio una revista de Movistar, luego él mismo los convirtió en materia prima de 2.5 x 2.5 cm.

Algunas de las primeras grullas.

Lo bueno de hacerlas tan pequeñas es que es muy práctico llevar papelitos a todas partes y quemar los ratos libres doblando grullas. Por ejemplo, todos los días puedo doblar entre seis y ocho grullas en el trayecto de mi casa a la planta, eso cuando no me deja la ruta. Durante una semana en la que estuve trabajando en el arranque de un equipo nuevo, a veces me encontraba en una situación en la que mi única ocupación consistía en sentarme en el cuarto de control y esperar que el sistema se estabilizara, tiempos muertos de hasta más de una hora que dediqué a mi Senbazuru. Mi pasatiempo llamó la atención de los operarios que trabajan conmigo, inclusive dos de ellos me dijeron que querían aprender y resultaron ser excelentes alumnos. A su vez otro operario, el más joven de la planta, me enseñó a hacer un modelo diferente que aletea al moverle la cola, desde ese día me apodó “doña grullita”. 

"Se dictan clases de origami, informes en el cuarto de control"

Los compañeros que ya saben de mi propósito me preguntan todos los días cómo voy, cuántas me faltan para las mil o que si no estoy cansada de hacer “palomitas”. Mi vecina de puesto me dijo un día que mi deseo debe ser algo enorme para que yo le esté dedicando tanto esfuerzo. La verdad es que disfruto haciéndolas y con tanta práctica ya me salen de forma casi automática. También me preguntan qué voy a hacer con ellas cuando termine, por ahora se me ocurre comprar un jarrón transparente, llenarlo de grullas y ponerlo de adorno en la sala, creo que se va a ver muy bien.

Así estaba mi puesto de trabajo hasta que la aseadora me dijo que muy bonitos mis pajaritos y todo pero que no le dejaban limpiar mi escritorio.

Pero sin duda la mejor consecuencia de esta labor, y también la más inesperada, ha sido darme cuenta de que el origami es la terapia perfecta para un vicio que me avergüenza y que nunca he podido superar del todo. Al parecer mantener las manos entretenidas era el secreto para dejar de morderme los dedos hasta sacarme sangre. Ahora los miro con orgullo y si en algún momento de dispersión me descubro de nuevo con un dedo en la boca lo quito inmediatamente para no perder todo lo que he avanzado. Ha sido tan increíble el cambio en estas semanas que ahora que voy por las novecientas y pico de grullas siento nostalgia por estar a punto de terminar mi cometido y hasta he notado que hago menos por día para alargarlo. Lo cual es una gran bobada, porque nadie me obliga a hacer mil grullas y-ni-una-más, así que podría seguir indefinidamente remplazando una maña horrible por una hermosa y de paso haciéndome acreedora de muchos deseos.

Respecto a eso último, como me dijo uno de los operarios que aprendieron a hacer grullas: no se trata de pedir un deseo y esperar que se cumpla por medio de los dones mágicos del papel doblado. Se trata de dedicación y de tener tu objetivo presente cada vez que haces una de las mil grullas. Con el tiempo quien termina por conceder el deseo es uno mismo, siempre y cuando se trate de algo razonable,  no faltará el iluso que quiera dinero ilimitado y se siente a hacer un millón de grullas en lugar de trabajar. En mi caso, más que un deseo puntual es una idea general de lo que quiero con mi futuro inmediato y a largo plazo, “que todo salga bien” es la frase que da vueltas en mi cabeza y la meta en la que estoy trabajando en este momento, y no hablo de doblar papel.


El 40%

PD: ojo al comentario de don novio en el post requeteviejo que linkeo arriba. Cuando lo leí me quedé :O

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Y esto sólo le pasó a Maria() a las 9:08 p. m. | 21 Infelices comentarios