jueves, 28 de febrero de 2013
Los cambios
Una conversación con Caro en su muro de Facebook me recordó esto:
 
Soy muy afortunada, a lo largo de mi vida he ido encontrando oportunidades únicas que me han cambiado el panorama por completo más de una vez. Por eso a los 17 años me fui a vivir a una ciudad enorme, lejana y desconocida. También por eso, tres días después de graduarme de la universidad empaqué nuevamente mis cosas y me instalé en Cali. Los cambios me asustan, como a cualquier persona, pero cuando sé que estoy tomando la mejor decisión para mi futuro sólo puedo emocionarme por la oportunidad y prepararme para el nuevo comienzo. 

Hoy ha llegado el momento de vivir un cambio más: volveré a Bogotá, sé que no será fácil pero estoy segura de que vienen cosas grandes para mí. Es increíble cómo se va dando todo, siempre para bien, Dios ha trazado para mí un camino maravilloso y lo mínimo que puedo hacer es seguirlo con la mejor disposición.  

Así que aquí estoy, despidiéndome de una compañía que me dio una oportunidad enorme para que empezara mi vida laboral sin ninguna experiencia previa. Un lugar en el que disfruté dos años rodeada de la mejor calidad humana, aprendiendo todos los días, apasionándome cada vez más por la carrera que he escogido. Sólo tengo palabras de agradecimiento para esta empresa y todas las personas que hacen parte de ella, me llevo una experiencia invaluable, muchos recuerdos valiosos y la satisfacción de haber contribuido con mi trabajo al progreso de la planta.

A todos muchas gracias por haber hecho parte de mi historia durante estos dos años.
 



Imagen tomada del comic gigante de xkcd.


Con estas palabras me despedí de mi trabajo en Cali hace exactamente dos meses. Desde ese día han pasado muchísimas cosas, sigo asustada por el cambio y no he terminado de asimilar mi nueva situación, sin embargo estoy convencida de que tomé la mejor decisión. Tan convencida como ese día en octubre en el que vine a Bogotá por una emergencia familiar y regresé a Cali con buenas noticias y una oferta de trabajo.



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Y esto sólo le pasó a Maria() a las 1:50 p. m. | 16 Infelices comentarios
martes, 12 de febrero de 2013
Estas son mis manos
 
Mis manos que escriben, trabajan, tejen, bordan, cocinan pero no mucho y doblan papel para hacer grullas... mis manos que hasta hace algún tiempo fueron motivo de vergüenza y hoy son el lienzo para probar los esmaltes de uñas más “marcianos” (Mafe dixit).
 
 
Sólo hasta agosto del año pasado logré ponerle nombre a una enfermedad que me había atormentado durante casi 15 años: dermatofagia, suena tan feo como se siente. No es un mal muy común y hasta el momento no he conocido personalmente a nadie que lo padezca, podría decir que “esto sólo me pasa a mí” pero no sería gracioso.
 
No tengo claro el momento exacto en el que comencé a morderme y comerme la piel de los dedos, el recuerdo más antiguo que tengo son unas vacaciones en el 98, cuando después de una tarde en la piscina de unos familiares me miré las manos y me di cuenta de las horribles heridas que me había hecho con los dientes. Mi mamá también lo notaba e intentaba ayudarme a dejar lo que denominó “un vicio desagradable”, pero tanto ella como yo estábamos lejos de imaginarnos que se trataba de un trastorno obsesivo compulsivo y que no iba a desaparecer ni con regaños ni con la fuerza de voluntad de una niña de 10 años.
 
Desde ese entonces y a pesar de intentar diferentes métodos nunca dejé de morderme los dedos, las uñas jamás fueron de mi interés. La desagradable manía siempre ha estado presente en mi vida, en algunas temporadas con más intensidad que otras. Llegué a un punto en el cual mis índices eran una sola herida, desde la cutícula hasta la segunda falange. Disculpen Julius sensibles si este post me está saliendo demasiado gráfico, pero es algo que necesito sacar de mi sistema.
 
Las semanas de exámenes finales en la universidad eran las peores, alguna vez lo escribí acá sin profundizar mucho; en una de esas semanas se me ocurrió cubrirme los dedos con esparadrapos para evitar la tentación, me parecía a Charlie el de Lost y escribir era todo un reto, pero funcionó. Descubrí que si permitía que las heridas se sanaran hasta no tener cueritos levantados podía mantener los dedos lejos de la boca por algunos días, pero todo el esfuerzo se perdía en el siguiente examen.
 
Entonces apareció el origami y sin habérmelo propuesto encontré la solución a mi trastorno. Fue algo casi milagroso, ni siquiera me di cuenta del momento en el que abandoné la compulsión de morderme y la reemplacé por doblar figuritas de papel. Digo casi milagroso porque aunque el origami fue el comienzo hicieron falta muchos otros pasos para considerarme curada. Con la ayuda de Ana, mi amiga psicóloga, empecé a investigar sobre la dermatofagia, me animé a contarle mi historia y así entendí muchas cosas de mí misma que siempre habían estado ahí y nunca me había atrevido a indagar. Gracias a Anita aprendí que la imperfección es hermosa y la perfección es aburrida, aprendí a aceptar mis defectos y a corregir lo que no me gusta sin necesidad de presionarme al extremo.
 
 
Estas son mis manos, mis hermosas manos. Ahora la adicción a hacerme daño ha sido desplazada por la adicción a mantener las uñas arregladas, sonará muy superficial pero la verdad es que con ese cambio vino también un cambio en mi actitud y en mi autoestima, no sólo me siento linda, también me siento fuerte y capaz de vencer cualquier obstáculo. Me quedaron cicatrices que tal vez no desaparezcan y me servirán para recordar la lucha que libré durante tantos años. También soy consciente de que habrá recaídas, la primera semana en Bogotá fue terrible, sin embargo eso no significa que vaya volver al comportamiento destructivo de antes.
 
La dermatofagia no es algo que se supere de la noche a la mañana, aún hoy tengo el reflejo de llevarme la mano a la boca en situaciones estresantes, la diferencia es que ahora soy capaz de darme cuenta de lo que estoy haciendo y detenerme a tiempo.

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Y esto sólo le pasó a Maria() a las 8:41 a. m. | 29 Infelices comentarios